26 nov. 2009

¡Nos hundiremos todas en un mar de luto!

Siempre me ha gustado ir al teatro, respirar la autenticidad que éste posee y sentir de cerca a los actores. Son pocas las obras que he leído y que después he visto sobre un escenario, pero es emocionante hacerlo; es como ver por la televisión los lugares más emblemáticos de una ciudad por la que has pasado. Es por eso que disfruté en el Matadero viendo La Casa de Bernarda Alba. El sitio me pareció acogedor, era tranquilo, y las banquetas hechas con cartón eran muy originales.
La sala estaba casi vacía, aún quedaba tiempo para que empezase la función.
Mientras esperaba a que las luces se apagaran, pensé en la dificultad del texto.
Resulta complicado sorprender al público cuando se han hecho varias versiones, y se ha leído en numerosas ocasiones; no se cuenta con el factor de la novedad, y si no se es sutil, puede llegar a aburrir…
Entonces, se apagaron los focos, y dio comienzo la representación.
La casa, blanca. Azulejos blancos, muebles blancos, paredes blancas; contrasta con el negro del luto que Bernarda exige llevar a sus hijas.
La obra, en ocasiones, se hacía pesada.; conociendo el texto creo que en algunos momentos faltaba garra, y no se ponía el sentimiento que requería, por lo que perdía interés, y despistaba. Aún así, no desmerece para nada. Es original, sorprendente, novedosa. Es uno de los textos más universales de la literatura, es difícil que disguste.
Un reparto encabezado por Nuria Espert y Rosa María Sardá, interpretando a Bernarda y La Poncia, respectivamente.
Había oído que Espert estaba fantástica, que merecía la pena ir para ver como representaba un papel al que siempre se había negado. En contra de las opiniones de los demás, a mi no me gustó su forma de interpretar; Sardá estaba muchísimo mejor, dominaba cada detalle, y sabía como tenía que comportarse en cada escena.
A Espert le faltaba firmeza y fuerza cuando tenía que ser dura con las hijas, su actitud era más “débil”, y el personaje perdía interés.
Las actrices que interpretan a las hijas se van creciendo durante la representación. No actúan de la misma manera en el entierro de su padre que en la escena final; pero son dos las que más protagonismo adquieren: Adela y Angustias. Son enemigas luchando por el amor del Pepe el Romano, ni el lazo de sangre que les une es capaz de calmar los celos que hay entre ellas. El deseo de las cinco hermanas es librarse de su madre, salir de la casa que cada día las atrapa más; poder vestirse de verde sin que reciban un bastonazo de Bernarda, ser libres.
Ser libres, sí, demasiado utópico e idealizado, ¿no creéis?
Ninguna lo consigue. Adela, ingenuamente, cree que su madre ha matado a Pepe.
Se encierra en el baño, y se ahorca. Las hermanas lloran. Y Bernarda, volviendo a imponer su autoridad, recita uno de los mejores momentos de la literatura:

Y no quiero llantos.
La muerte hay que mirarla cara a cara.
¡Silencio! (A otra hija) ¡A callar he dicho! (A otra hija)
¡Las lágrimas cuando estés sola!
¡Nos hundiremos todas en un mar de luto!
Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído?
Silencio, silencio he dicho. ¡Silencio!

Se baja el telón. Y la función termina. Después de aplaudir, salgo de la sala.
Voy caminando por la calle con la sensación de ser una de las hijas de Bernarda; parte de mi vida se ha quedado ahí, entre esas cuatro paredes blancas.
Volviendo a la realidad, me doy cuenta de que estoy en Madrid, en Legazpi, buscando un taxi para volver a mi casa; muy distinta en la que he vivido durante la última hora y media. No me gustaría formar parte de eso; no es ficción; en este caso, ha sido superada por la realidad.

3 nov. 2009

¿Ficción? No, lo siento.

El perro del vecino no paraba de aullar, y a mi me estaba poniendo histérica.
El jueves tenía examen de Historia, y entre el dolor inaguantable de cabeza y los ladrilos del dichoso animal no era capaz de memorizar nada.
Asi que cogí el paquete de kikos que guardaba en la mochila para una ocasión especial y lo abrí. Saqué del cajón de la mesilla la llave del balcón de mi cuarto, y abrí lentamente la reja, por si alguno de mis vecinos cotilla estaba al otro lado de la calle, enfrente, vigilando los pasos de los demás.
Salí al balcón con un puñado de kikos en la mano, y los lancé al patio de mi vecino; el animalillo corrío como loco a comerse lo que para él era un manjar. No tardó nada... apenas cinco minutos, pero al menos conseguí que se callese un rato.
Cuando los dueños llegaron el perro estaba tumbado en el suelo, y no se levantó corriendo y ladrando deseando entrar en casa. Ellos gritaban: Bucco, Bucco, despirta; mientras le movían agitadamente. Pero no respondía.

Sí, yo me lo había cargado, pero no iba con esa intención. Los sinvergüenza de los vecinos dieron saltos de alegría y lloraban de la emoción; y yo no daba crédito ante tal escena.
Por un lado, le había hecho un favor al vecindario, que ahora dormiría tranquilo, y los dueños no tenían que tener la conciencia sucia al haberle dejado morirse congelado. Pero por otro, me daba pena, porque al fin y al cabo, había matado a un animal que no tenía la culpa de que sus dueños fuesen unos cabrones.